“El anhelo penitenciario de Kast y Bukele”: Un faro que irradia muerte

Foto del avatarContrapoder ChilePortada, OpiniónHace 7 meses1K Vistas

Por Jesús Vidal, docente

José Antonio Kast volvió de El Salvador con una metáfora bajo el brazo. Dijo que el gobierno de Nayib Bukele es “un faro dentro de un mundo agitado por el crimen y el crimen organizado”, y que Chile tiene mucho que aprender de esa experiencia. El problema es la pésima metáfora, lamentablemente hay faros que no iluminan, sino que enceguecen. 

Kast pidió colaboración para “mejorar” el sistema penitenciario chileno, aclarando que no se trataría de copiar mecánicamente lo hecho en El Salvador, sino de adaptarlo a nuestra realidad. Sin embargo, basta escuchar sus propias palabras para entender que la admiración no es solamente técnica, admira la crueldad y la deshumanización. Al referirse al Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT), sostuvo que cada persona recluida allí “al menos asesinó a 10 personas”, y que, por tanto, el trato brutal sería no solo comprensible, sino necesario. No hay matices en esa afirmación: hay una lógica de exterminio, donde la cárcel deja de ser un espacio de cumplimiento de condenas con una posibilidad de reforma y reinserción para los internos, pasa a convertirse en una zona de cancelación total de derechos y tortura. 

Ese es el corazón del problema. El modelo Bukele no es solo una política de seguridad dura; es un régimen de excepción permanente que redefine quién merece derechos y quién no. Cuando el presidente electo decide mirar ese modelo como inspiración, lo que está en juego no es una mejora administrativa del sistema penitenciario, sino la institucionalidad y el sentido mismo del Estado de Derecho.

Los resultados que Bukele exhibe, como la reducción del poder de las pandillas o de ciertos indicadores de violencia, han sido ampliamente difundidos. Pero lo que se oculta deliberadamente son los costos humanos de ese “éxito”. Organizaciones como Amnistía Internacional y Human Rights Watch han documentado detenciones arbitrarias, torturas, muertes bajo custodia estatal y la criminalización de personas sin vínculo alguno con el crimen organizado. Un informe reciente de la organización salvadoreña Socorro Jurídico Humanitario es aún más brutal: al menos 470 personas murieron bajo custodia estatal desde abril de 2022, muchas de ellas en menos de un mes tras ingresar sanas a prisión. El 94% no eran pandilleros. Entre los muertos hay pastores evangélicos, sindicalistas, taxistas, menores de edad y hasta una recién nacida.

Ese es el “faro”. Uno que se sostiene sobre cuerpos anónimos, estadísticas manipuladas y una narrativa que convierte el sufrimiento en daño colateral aceptable. Cuando Kast afirma que el trato es “duro, pero necesario”, no está hablando solo de El Salvador: está adelantando una concepción del poder para Chile, donde la violencia estatal se normaliza y la presunción de culpabilidad reemplaza a la presunción de inocencia.

Lo preocupante no es solo que este modelo sea incompatible con los compromisos internacionales en derechos humanos que Chile ha suscrito. Lo verdaderamente alarmante es que se presente como una solución simple a un problema complejo, apelando al miedo y al cansancio social. En contextos de inseguridad, la promesa de orden absoluto suele ser seductora. Pero la historia latinoamericana es clara: cuando el Estado se arroga el derecho de decidir quién merece vivir con derechos y quién no, la violencia nunca se queda contenida en las cárceles.

Chile no puede permitirse confundir seguridad con venganza ni orden con crueldad. Cuando el Presidente electo señala como ejemplo a un modelo sostenido por la muerte de inocentes, por la suspensión sistemática de derechos y por el silencio forzado, no está proponiendo una política pública: está ensayando una doctrina del miedo. Los faros que se alimentan de sangre no guían a ningún puerto seguro; solo normalizan la oscuridad. Y cuando el Estado decide que la brutalidad es “necesaria”, lo que realmente anuncia es que cualquiera -en algún momento- puede convertirse en prescindible. Ese no es un camino hacia la seguridad, es el umbral de algo mucho más peligroso.

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