¿Meritocracia? Hijo de Pablo Longueira fue contratado con millonario sueldo como jefe de gabinete del senador Rodolfo Carter

Foto del avatarLily ZúñigaPortada, OpiniónHace 4 meses5K Vistas

Conocí a Pablo Longueira cuando llegué como su jefa de prensa a la campaña senatorial por Santiago Oriente el 2005. Como muchos jóvenes de centroderecha de la época, creí en su relato. La UDI Popular no hablaba de privilegios, hablaba de esfuerzo. No hablaba de apellidos, hablaba de mérito. Longueira insistía en que la pobreza se combatía con oportunidades, trabajo y cercanía con quienes vivían la realidad que muchos políticos observaban desde lejos.

Ese discurso alcanzó su máxima expresión en 2013 bajo el lema “Juntos por un Chile más justo”. Era una promesa poderosa de construir una sociedad donde las oportunidades no dependieran de los contactos ni de la cuna. Pero con los años llegaron los casos SQM y Corpesca y junto con ellos la caída de una imagen que, para muchos, representaba algo distinto dentro de la política chilena.

Como una de las personas que declaró en el caso SQM, vi de cerca cómo comenzaron a aparecer antecedentes que derrumbaron muchas convicciones. La absolución judicial de Longueira cerró una batalla legal, pero no resolvió el profundo cuestionamiento político y ético que dejaron años de investigaciones sobre financiamiento irregular de la política. La justicia podrá haber hablado, pero la confianza ciudadana hace tiempo que emitió su propio veredicto.

Por eso resulta imposible no mirar con atención el regreso del apellido Longueira al corazón del poder. Hoy Juan Pablo Longueira -su hijo-, ocupa el cargo de jefe de gabinete del senador Rodolfo Carter, una posición estratégica en el Senado por la que recibe una remuneración superior a los $4,3 millones mensuales. Más allá de sus credenciales profesionales, ¿esto es meritocracia o es simplemente la fuerza de un apellido que sigue abriendo puertas?

Además, Carter ha enfrentado investigaciones y querellas por presuntos delitos de fraude al Fisco, malversación de recursos públicos y otras irregularidades asociadas a su gestión como alcalde de La Florida. Son antecedentes existentes y de conocimiento público.

Después de una década escuchando a Pablo Longueira denunciar persecuciones, defender su inocencia y acusar a la Fiscalía de construir un caso en su contra, su hijo aparece como principal colaborador de otro político que hoy enfrenta cuestionamientos de naturaleza similar. La coincidencia es demasiado evidente como para no plantear preguntas.

Quizás Juan Pablo Longueira cree sinceramente en Carter. Quizás considera que las investigaciones son injustas, tal como su padre sostuvo durante años respecto de sí mismo, pero precisamente por esa historia familiar, su decisión política adquiere una carga simbólica imposible de separar del pasado.

El verdadero problema no es un sueldo ni un cargo, el problema es la distancia entre el discurso y la realidad, entre aquel Chile más justo que prometía derribar privilegios y esta política donde los apellidos siguen heredando influencia y donde las redes de poder parecen mucho más resistentes que los principios que alguna vez se predicaron.

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