
Hay algo profundamente peligroso cuando un gobernante comienza a transformar sus promesas en metáforas una vez que alcanza el poder. No porque la política carezca de simbolismos o discursos grandilocuentes -los ha tenido siempre- sino porque una democracia empieza a erosionarse cuando las palabras pronunciadas para conquistar votos dejan de ser compromisos y pasan a convertirse, retroactivamente, en ejercicios literarios. El problema no es la metáfora. El problema es la mentira disfrazada de metáfora.
Durante meses, millones de chilenos escucharon al entonces candidato presidencial José Antonio Kast prometer medidas inmediatas y radicales en materia migratoria. Se habló de expulsiones masivas, de plazos concretos, incluso de una cuenta regresiva dirigida a cientos de miles de migrantes irregulares. El mensaje fue explícito: llegar al gobierno significaría acción inmediata. Hoy, enfrentado a las críticas por la ausencia de resultados, aquello habría sido solo “una metáfora”.
Entonces surge una pregunta incómoda para Chile: ¿cuántas otras promesas podrían terminar convertidas en metáforas? Porque cuando un político descubre que puede reinterpretar su discurso después de obtener poder, el límite entre convicción y manipulación se vuelve peligrosamente difuso.
Las campañas presidenciales modernas ya funcionan muchas veces como industrias emocionales. Se vende miedo. Se vende esperanza. Se vende rabia. Se construyen enemigos internos y externos. Se promete orden instantáneo frente al caos. Y parte importante del éxito electoral de Kast se cimentó precisamente sobre esa sensación de urgencia nacional: delincuencia, migración, crisis económica, inseguridad. El mensaje era simple: Chile está en peligro y existe un hombre dispuesto a salvarlo. Esa narrativa del salvador, del héroe enfrentando una decadencia permanente, ha sido observada en otros liderazgos de derecha radical alrededor del mundo.
Pero gobernar es distinto a hacer campaña. Gobernar obliga a enfrentarse con instituciones, tratados internacionales, restricciones presupuestarias, derechos humanos y realidades complejas que no caben en eslóganes. El problema aparece cuando, en vez de reconocer límites o errores de cálculo, se intenta convencer a la ciudadanía de que entendió mal desde el principio.
No fue una metáfora para quienes votaron creyendo en una política migratoria inmediata. No fue una metáfora para quienes compartieron videos, defendieron discursos o discutieron con familiares convencidos de que existía un plan concreto. No fue una metáfora porque la política electoral opera precisamente sobre expectativas reales.
Chile ya conoce este fenómeno. Décadas de promesas incumplidas han erosionado la confianza pública hasta niveles preocupantes. La desafección política no surge porque la ciudadanía sea indiferente; surge porque demasiadas veces descubre que el lenguaje político funciona como publicidad: exagerado para vender, flexible para justificar y olvidadizo cuando llega la hora de cumplir.
Hay algo todavía más inquietante. Reírse implícitamente de quienes creyeron. Porque cuando un presidente dice, después del triunfo, que muchos “entendieron mal”, desplaza la responsabilidad desde quien prometió hacia quienes escucharon. El engañado pasa a ser culpable de haber confiado.
Y ningún gobierno puede sostener indefinidamente esa operación.
La historia política enseña que las narrativas construidas sobre hipérboles permanentes terminan chocando contra la realidad. La economía no responde a consignas. La seguridad no mejora con frases. La desigualdad no desaparece mediante relatos heroicos. Más temprano que tarde, la administración concreta reemplaza la épica electoral.
Quizás el verdadero riesgo para el gobierno de Kast no sea esta polémica puntual, sino el precedente. Porque una vez que el poder convierte compromisos en figuras retóricas, cada nueva promesa empieza a sonar menos como proyecto y más como ficción.
Las democracias sobreviven sobre una base simple: que la palabra pública tenga algún valor. Cuando eso se pierde, no solo cae la credibilidad de un presidente. Se desgasta la confianza del pueblo en todo el sistema.
Y una nación puede soportar gobiernos impopulares, crisis económicas e incluso conflictos profundos. Lo que difícilmente soporta durante mucho tiempo es la sensación colectiva de haber sido gobernada por metáforas.