
Por Miguel Ángel Yáñez, abogado de DD.HH y cofundador de Contrapoder Chile
*Fotografía de portada: Marcelo Martin, gentileza de CHV
La noche del 10 de septiembre, en los estudios de Chilevisión, se vivió el primer debate presidencial con los ocho candidatos que aspiran a llegar a La Moneda en noviembre. Fue un debate esperado: no solo porque marca el inicio real de la recta final de la campaña, sino porque llega en un momento donde Chile enfrenta un clima de inseguridad, desconfianza y cansancio con la política tradicional. El resultado fue un escenario donde las promesas se cruzaron con acusaciones personales, y donde lo que quedó claro es que la elección no se jugará únicamente en los programas de gobierno, sino en la credibilidad de quienes los encarnan.
Si hubo alguien en el centro del escenario, esa fue Jeannette Jara. La exministra de Trabajo no solo tuvo que defender las propuestas del oficialismo —como el salario vital o la ampliación de la protección social—, sino también soportar el fuego cruzado de casi todos sus contrincantes. Kast la acusó de “mentir” y de dar “volteretas” en materia económica; Johannes Kaiser la convirtió en su blanco preferido, asociándola con un gobierno que “ya fracasó”; Marco Enríquez-Ominami insistió en que representa la falta de relato de la izquierda en el poder. Incluso Franco Parisi, sin mencionarla de manera directa, la tocó al apuntar contra la “clase política” y su incapacidad de gestionar la economía.
La fortaleza de Jara fue mostrar temple: no se amilanó ante los ataques, defendió la necesidad de un Estado fuerte y trató de explicar que su propuesta de salario vital busca dignificar la vida de las familias trabajadoras. Sin embargo, su debilidad apareció en la falta de detalle técnico para despejar dudas sobre viabilidad y financiamiento. Quedó claro que la candidata oficialista será la figura más expuesta de aquí en adelante: mientras más la ataquen, más se consolidará como la rival a vencer, pero también más exigente será la vara para medir su consistencia.
José Antonio Kast llegó al debate a hacer lo que mejor sabe: instalar la agenda de la seguridad y el orden. Habló de migración, crimen organizado y castigos severos, con frases contundentes que buscan resonar en un electorado cansado de la violencia y de la percepción de impunidad. No necesitó arriesgar; le bastó con reafirmar su rol de antagonista duro frente al oficialismo.
El intercambio con Jara fue el punto más alto de su estrategia: no buscó convencer a los indecisos, sino reforzar su base con la idea de que frente a una candidata que promete más Estado, él representa la autoridad que impone límites. El riesgo, sin embargo, es evidente: Kast parece cómodo en la polarización, pero esa comodidad también marca un techo difícil de perforar.
Eduardo Artés tuvo un desempeño coherente con su trayectoria: hablar de organización popular, criticar al capitalismo y cuestionar la dependencia de Chile frente a potencias extranjeras. Lo interesante fue su cruce con Kast sobre “Jesucristo” y la mano dura. Cuando el republicano le preguntó si estaba a favor de la ley dura o del amor y el diálogo, Artés replicó con ironía: “Usted habla de Jesucristo y tampoco había nacido”. El intercambio fue breve pero viral, y mostró que el debate también se juega en frases que, aunque ligeras, marcan presencia mediática.
Más allá de la anécdota, Artés advirtió que combatir el delito no puede reducirse a balas y cárceles: hay que atacar causas estructurales como el desempleo, la falta de oportunidades y el narcotráfico transnacional. Fue uno de los pocos que insistió en mirar más allá del síntoma, aunque con un estilo que oscila entre lo testimonial y lo performático.
El Johannes Kaiser que vimos no se guardó nada. Su estilo duro, directo y muchas veces provocador, encontró en Jara un blanco permanente. Repetía una y otra vez que Chile no necesita más ideología, sino castigo. El problema es que, al limitarse a confrontar, no alcanzó a ofrecer un horizonte claro de gobernabilidad. Puede entusiasmar a su nicho, pero difícilmente atrae más allá de él.
Franco Parisi se ciñó a su libreto: hablarle al bolsillo, lanzar cifras y prometer eficiencia. Su crítica más visible fue hacia Evelyn Matthei, recordándole errores pasados. El punto débil sigue siendo su distancia física con el país: ¿cómo gobernar sin presencia? Es la pregunta que, pese a sus datos y frases efectistas, sigue sin responder.
Marco Enríquez-Ominami (ME-O), en cambio, usó su experiencia televisiva para mostrarse punzante. Atacó directamente a Jara, acusándola de ausentarse de debates anteriores y de representar un oficialismo sin relato. Su capacidad de encender la pantalla está intacta, pero su desafío es transformar ese efecto mediático en votos reales.
Evelyn Matthei intentó presentarse como la derecha institucional frente al radicalismo de Kast. Apeló a trayectoria, experiencia y capacidad de gestión, incluso reconciliándose con figuras del piñerismo. Sin embargo, quedó eclipsada en un debate que gravitó en torno al duelo Kast–Jara. Su mayor reto será diferenciarse sin perder a un electorado que, por ahora, parece más seducido por la dureza de Kast.
Harold Mayne-Nicholls buscó representar a quienes se sienten agotados del clima de confrontación. Su discurso de gestión, trabajo en equipo y mirada técnica fue distinto, casi un oasis en medio del ring. Pero esa misma moderación, en un debate cargado de tensión y frases efectistas, corrió el riesgo de sonar desdibujada. Si logra instalarse como alternativa de renovación, podría capitalizar el voto cansado de la pelea constante.
El primer debate presidencial dejó más preguntas que respuestas, pero sí algunas certezas:
1. Polarización creciente: la discusión no está en los matices, sino en trincheras. Kast contra Jara es, por ahora, la narrativa dominante.
2. Credibilidad como moneda central: cada “voltereta” y cada promesa sin detalle pesarán más que cualquier eslogan.
3. El rol de las redes sociales: los clips virales —como el cruce Artés–Kast— se vuelven tan relevantes como el debate en sí. El relato paralelo en redes será decisivo.
4. El centro político, huérfano: Matthei y Mayne-Nicholls intentan ocuparlo, pero sin aún convencer a quienes buscan pragmatismo sobre ideología.
Si hubo una figura que salió fortalecida, esa fue Jeannette Jara: no porque arrasara con ideas innovadoras, sino porque resistió bajo presión, mantuvo su postura y logró instalarse como la candidata a la que todos consideran rival directa. Kast reforzó su rol de antagonista duro, cómodo en la polarización. Artés rompió la inercia con un cruce ideológico que, aunque anecdótico, dejó huella. Parisi y ME-O buscaron notoriedad a través del ataque, mientras Matthei y Mayne-Nicholls apostaron por la moderación con resultados discretos.
En definitiva, el debate mostró a un país fracturado, ansioso de certezas y desconfiado de la política. Lo que se juega en adelante no es solo quién tiene la mejor propuesta, sino quién logra convencer de que puede gobernar con coherencia, firmeza y humanidad. Porque en esta elección, más que nunca, la credibilidad es la línea que separa la promesa del poder.