Jara versus Kaiser: Polarización, mentiras y el clivaje

Foto del avatarContrapoder ChilePortada, OpiniónHace 11 meses1.2K Vistas

Por Jesús Vidal Millanao, administrador público y licenciado en Ciencia Política y Administración Pública

En la política chilena -y en buena parte del mundo- la discusión pública se ha desplazado del terreno de la reflexión crítica al de las emociones. Los datos, los argumentos y la evidencia ya no bastan para convencer. Lo que prevalece es el sentimiento: la necesidad de reafirmar la propia identidad frente al otro, de defender “nuestra verdad” aunque los hechos digan lo contrario.

Este fenómeno, conocido como polarización afectiva, ha transformado la competencia política en una disputa emocional. Ya no basta con pensar distinto: hay que desconfiar del adversario, incluso odiarlo. Las diferencias ideológicas se convierten en fronteras morales, y el debate pierde su sentido. Lo que antes era discrepancia democrática, hoy es desconfianza y odio visceral.

Las redes sociales actúan como un amplificador de esta dinámica. Los algoritmos premian la indignación, no la reflexión. Cada usuario habita una burbuja informativa que refuerza sus prejuicios y valida sus emociones. La política, entonces, se vuelve un espejo que solo refleja aquello que queremos ver. No se busca comprender al otro, sino derrotarlo o aniquilarlo en una lógica antagónica. La conversación pública se empobrece y la democracia se erosiona.

En ese clima emocional, la verdad deja de ser un bien público. La mentira se normaliza, se vuelve una herramienta legítima para ganar poder y moldear percepciones. No se miente para ocultar, sino para conectar emocionalmente con una audiencia predispuesta a creer. La eficacia comunicacional de las Fake News para reafirmar convicciones reemplaza a la ética y la razón.  

En la actual coyuntura chilena, esta distorsión se vuelve visible al observar el contraste entre dos proyectos políticos: Jeannette Jara y Johannes Kaiser. Jara representa la política de los resultados probados: su trayectoria en el servicio público, las reformas impulsadas desde el Ministerio del Trabajo y su capacidad de diálogo la sitúan en el terreno de la gestión concreta y la institucionalidad democrática.

Kaiser, en cambio, encarna la política del miedo. Su discurso se construye sobre la desconfianza, la amenaza y el resentimiento. No ofrece certezas, sino enemigos. No propone soluciones, sino advertencias apocalípticas. En su relato, el otro -el migrante, la feminista, la izquierda, el Estado- es el culpable de todo mal.

El discurso de Kaiser no es una simple provocación. En su fondo, encierra una amenaza concreta a los valores democráticos y a los derechos fundamentales. Su trayectoria pública revela una constante: la relativización del orden institucional, la exaltación de la fuerza y el desprecio por la diversidad política y social.

Primero, Kaiser ha declarado que apoyaría un nuevo golpe de Estado si se repitieran las condiciones de 1973, normalizando la interrupción violenta del orden democrático. A esto se suma su propuesta de proscribir al Partido Comunista, un Partido Político centenario, democrático, legítimo, legal y parte del pluralismo chileno. Ambas posturas implican un rechazo directo al principio más básico de la democracia: la coexistencia pacífica de las diferencias.

Segundo, su defensa del uso de “munición real” contra manifestantes en 2019, junto a su apoyo a restablecer la pena de muerte, evidencia una visión punitiva del Estado y una peligrosa disposición a restringir derechos civiles bajo el pretexto del orden. La justificación que ha dado a las violaciones de derechos humanos cometidas tras el golpe de 1973 -como “lamentables pero inevitables”- muestra un intento de normalizar la violencia estatal como herramienta política.

Tercero, sus ataques al feminismo, su cuestionamiento al voto femenino en tono sarcástico y su propuesta de expulsión masiva de migrantes, incluso de menores, son expresiones de una política que busca dividir y culpar, más que resolver. Estos discursos alimentan resentimientos y deshumanizan a ciertos sectores sociales, una estrategia recurrente en los proyectos autoritarios que buscan cohesión a través del miedo.

Estas declaraciones y propuestas no son anécdotas: conforman un patrón. Un relato que intenta reinstalar el autoritarismo bajo el disfraz del traje, el orden y la eficiencia, debilitando los consensos básicos de la convivencia democrática.

El contraste entre ambos no solo refleja estilos políticos distintos, sino visiones opuestas del poder. Mientras Jara apela a la experiencia comprobada, Kaiser apela a la emoción más primitiva: el miedo. Uno invita a construir; el otro, a aniquilar la diferencia. 

Detrás de esta disputa se esconde el clivaje más relevante de esta elección: democracia versus autoritarismo. Ya no se trata de izquierda o derecha, sino de una tensión más profunda entre quienes creen en las reglas del juego democrático y quienes las relativizan cuando no les convienen.

El autoritarismo contemporáneo no siempre se presenta con uniformes ni golpes de Estado. A veces se disfraza de sentido común, de “orden” y “eficiencia”. Se infiltra lentamente, promoviendo la idea de que el pluralismo es una debilidad y que las instituciones son obstáculos para “la voluntad del pueblo”. Pero detrás de esa retórica se esconde el riesgo de retroceder en derechos, en transparencia y en convivencia.

La democracia, por el contrario, es lenta, imperfecta y fatigosa. Requiere diálogo, negociación y empatía. Pero justamente ahí radica su valor: en reconocer que ninguna verdad es absoluta y que toda sociedad libre se construye desde la diferencia.

En ese sentido, la candidatura de Jeannette Jara no es solo una propuesta política; es un recordatorio del valor de la gestión, del diálogo social y de la evidencia por sobre el ruido. En un país donde la desinformación se ha vuelto combustible electoral, defender la verdad es, paradójicamente, un acto de valentía.

Jara representa la idea de que la política puede y debe medirse por sus resultados, no por sus eslóganes. Kaiser, en cambio, representa la tentación de abandonar la razón en nombre de la emoción, de reemplazar la política por la confrontación.

Chile se encuentra frente a un espejo incómodo. De un lado, la política que busca resolver; del otro, la política que busca dividir. En tiempos donde el miedo es rentable y la mentira circula más rápido que los hechos, el desafío no es solo electoral, sino civilizatorio.

Defender la democracia implica recuperar la confianza en la palabra, en la conversación pública y en la idea de que el desacuerdo no es una amenaza, sino una forma de convivencia. Frente a la política del miedo, Chile necesita volver a creer en la política de los resultados. Y en eso, como país, aún tenemos mucho que decidir.

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