“La cuota Flores”: La farándula como refugio de la política

Foto del avatarLily ZúñigaOpinión, PortadaHace 3 meses1.6K Vistas

Muchos deben creer que no he escrito porque la honorable senadora Camila Flores logró su cometido de acallarme después de su vil acusación de “recepción de material íntimo”. Nada más equivocado. El silencio nunca ha sido sinónimo de derrota, a veces es simplemente el tiempo necesario para observar cómo se mueve una estrategia comunicacional cuando la realidad comienza a resultar incómoda y eso es precisamente lo que hemos visto.

En apenas unas semanas, Chile pasó de discutir una investigación por presunto fraude al fisco, presunto tráfico de influencias, un allanamiento en el Senado, la denominada “Cuota Flores”, diligencias del Ministerio Público y un eventual desafuero, a consumir una historia de infidelidades, divorcios, cámaras de seguridad, videos íntimos, panelistas de farándula y matinales, pero ¿quién gana con este cambio de foco?

Mientras la opinión pública comenta la vida sentimental de la senadora, las investigaciones que realmente comprometen el ejercicio de la función pública parecen haber desaparecido de la conversación nacional. Los titulares cambiaron de sección. La política migró al espectáculo y la corrupción cedió espacio al morbo y cuando eso ocurre, siempre hay un beneficiado.

No pretendo minimizar la gravedad que tendría la difusión de material íntimo sin consentimiento. Si existió un delito, debe investigarse y sancionarse con todo el rigor de la ley, pero tampoco estoy dispuesta a aceptar que esa arista termine sepultando las demás. Una investigación personal jamás debería eclipsar otra que involucra el correcto uso de recursos públicos y la probidad de una parlamentaria, sin embargo, eso ocurrió.

Hoy sabemos más sobre el quiebre matrimonial de Camila Flores que sobre los avances de la Fiscalía. Sabemos más de su nueva relación que de las diligencias relacionadas con las asignaciones parlamentarias. Se habla más de su intimidad que de los antecedentes que motivaron el ingreso del OS9 al Congreso y esa desproporción no parece casual.

Y en medio de esta trama comunicacional, aparecí yo. Sin una sola prueba, fui públicamente vinculada con la supuesta recepción de material íntimo. Una acusación tan grave como falsa, lanzada con una liviandad que solo puede entenderse como un intento de desacreditar mi trabajo periodístico y desviar la atención desde las investigaciones hacia quienes las hemos informado.

Lo más decepcionante es que ese ataque provino de una mujer que hoy busca legítimamente protección frente a hechos que denuncia como una vulneración a su privacidad. Esa protección merece respeto, pero el respeto no puede ser selectivo. No se puede exigir sororidad mientras se destruye públicamente la honra de otra mujer. No se puede pedir empatía mientras se intenta instalar una mentira para desacreditar a una periodista. No se puede reclamar dignidad mientras se atropella la dignidad ajena.

Camila Flores tiene derecho a la presunción de inocencia, como cualquier ciudadano, pero la presunción de inocencia no reemplaza la responsabilidad política. Tampoco borra las investigaciones que siguen abiertas, ni elimina las preguntas que aún esperan respuesta, menos aún convierte automáticamente en falsas las denuncias que hoy indaga el Ministerio Público.

Y porque la honorabilidad no se proclama, se demuestra, resulta difícil hablar de aquello cuando una senadora investigada por hechos de máxima gravedad continúa ejerciendo su cargo como si nada ocurriera, mientras el debate público se distrae con capítulos propios de un programa de espectáculos. Tal vez esa sea la mayor victoria de esta historia, no haber demostrado su inocencia, sino que haber conseguido que Chile dejara de hablar de aquello por lo que realmente debe responder.

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