
Por Miguel Yáñez Lagos, abogado DDHH y analista político
La columna “Nazi-comunismo” de Axel Kaiser publicada recientemente no es un ejercicio de análisis histórico, sino un acto de propaganda ideológica con fines muy claros: demonizar al comunismo, distorsionar la historia y equiparar a sus enemigos como si fueran iguales. Esa estrategia, vieja como la Guerra Fría, pretende confundir a las nuevas generaciones y lavar la imagen de la derecha chilena que fue cómplice de una dictadura brutal.
Kaiser, en un ejercicio forzado, intenta ligar al nazismo con el comunismo recurriendo a autores como Hayek y Mises, cuyo pensamiento económico extremo ya ha sido cuestionado por su reduccionismo. El problema no es solo académico; es moral y político: al tratar de mostrar a Hitler y Stalin como reflejos del mismo mal, lo que hace es blanquear al fascismo y ensuciar la memoria de quienes lucharon contra él.
El Partido Nazi se fundó sobre principios nacionalistas, racistas y anticomunistas. Hitler dedicó páginas enteras de Mein Kampf a atacar el “bolchevismo judío” y justificó su política de exterminio como una guerra racial contra eslavos y marxistas. En Alemania, los primeros campos de concentración se llenaron con comunistas, sindicalistas y militantes de izquierda. Si eso no es prueba suficiente, basta recordar que el principal enemigo del Tercer Reich fue la Unión Soviética, país comunista que pagó con más de 20 millones de vidas la derrota del nazismo.
¿Entonces qué sentido tiene hablar de un “nazi-comunismo”? Ninguno, salvo instalar un relato político para igualar a Allende con Pinochet, a la izquierda con la derecha, al comunismo con el fascismo. Pero no es lo mismo morir por construir salud y educación pública que por imponer una raza superior. No es lo mismo pelear por la igualdad que exterminar por odio.
Kaiser manipula citas descontextualizadas para sugerir que Hitler admiraba a Stalin. Lo que no dice es que esa “admiración” fue parte de un pacto estratégico de corto plazo —el Pacto Ribbentrop-Mólotov— que Hitler rompió en 1941 al invadir la URSS en una guerra de aniquilación total. Decir que había afinidad ideológica entre nazismo y comunismo por eso, es como decir que Nixon y Mao eran iguales porque firmaron un tratado comercial.
La estrategia de Kaiser no busca comprender el pasado, sino invalidar cualquier forma de pensamiento progresista. Para eso usa el miedo: “si el comunismo llega, termina en gulags y muerte”. Pero calla cuando se trata de dictaduras de derecha, como la de Pinochet, Videla o Franco, cuyos crímenes son relativizados o directamente negados por los mismos que hoy se horrorizan con el fantasma del marxismo.
Ser comunista no es defender a Stalin. Como ser católico no implica defender a la Inquisición. El comunismo es una corriente política con distintas vertientes, muchas de las cuales han sido profundamente democráticas. Basta ver la historia de Chile: el Partido Comunista luchó por la democracia durante la dictadura, fue perseguido, asesinado, torturado. Y hoy propone cambios sociales mediante la vía institucional.
Compararlo con el nazismo es no solo una ofensa histórica, sino una indecencia política.
Hoy, cuando una mujer comunista podría llegar a la presidencia de Chile, la derecha empieza a agitar fantasmas. Usan conceptos como “nazi-comunismo” para desviar la atención del verdadero peligro: la concentración obscena de la riqueza, la impunidad empresarial, y el avance del neofascismo en América Latina y el mundo.
La brutalidad no está en recordar que el comunismo luchó contra Hitler. La brutalidad está en intentar borrar esa historia. La brutalidad es negar que fueron los comunistas quienes murieron resistiendo al fascismo, mientras muchos liberales miraban hacia otro lado. La brutalidad está en usar la historia como arma política para perpetuar privilegios.
Hoy más que nunca, defender la verdad histórica es un acto de dignidad. Porque si logran hacernos creer que todos son lo mismo, entonces ya no importará quién lucha por el pueblo y quién lo reprime. Y eso, precisamente eso, es lo que buscan.