Desde el Pub Hollywood al Congreso: La nueva mano derecha de la senadora Camila Flores

Foto del avatarLily ZúñigaPortada, OpiniónHace 5 meses11.9K Vistas

La frase no es menor. No es solo una defensa, es una línea de contención. La senadora Camila Flores rompe el silencio asegurando que nunca pidió dinero, que todo responde a motivaciones personales, que su honra está siendo atacada. Un libreto conocido. Negar, atribuir intencionalidad política y prometer colaboración. Pero cuando la explicación se vuelve tan categórica, abre dudas y ya no es solo si hay delito o no, sino qué tan profundo puede ser lo que se intenta tapar.

Porque el caso no nace de un rumor cualquiera, parte con una investigación de la Fiscalía Regional de Valparaíso, hoy bajo reserva, que apunta a hechos ocurridos durante casi toda su etapa como diputada, entre 2018 y 2026. Lo que habla de que no es un episodio aislado, sino un patrón bajo sospecha que, de confirmarse, dibuja una lógica sostenida en el tiempo.

El eje de la acusación, lo que ya se conoce como “la cuota Flores”, es particularmente delicado. asesores que habrían sido obligados a devolver parte de sus sueldos. No estamos hablando de errores administrativos ni de interpretaciones grises del reglamento, estamos hablando, de comprobarse, de una estructura de extracción de recursos desde fondos públicos hacia un beneficio personal indirecto.

El monto que se investiga supera los 300 millones de pesos en siete años. Siete años en los que, según la denuncia, el mecanismo habría operado de forma sostenida y eso cambia todo. Porque cuando una práctica se extiende en el tiempo, deja de ser una irregularidad puntual y empieza a parecerse peligrosamente a una forma de operar.

En ese contexto, mirar el equipo que rodea a la senadora deja de ser un dato secundario. La salida de Julio Lillo y la llegada de Mauricio González a la jefatura de gabinete no solo marcan un reemplazo, sino un giro en los equilibrios internos. González, vinculado al empresariado nocturno y quien habría sido dueño de locales como el Pub Hollywood y, más recientemente, del restaurante “Casa Cochoa”, aparece en un tránsito llamativo hacia el corazón del poder político.

Durante el verano, la senadora fue vista en reiteradas ocasiones en ese lugar, sosteniendo reuniones con dirigentes políticos de su sector. Pero además, su rol ha ido más allá de lo interno, tomando un protagonismo público inusual, participando incluso en actividades en reemplazo de la senadora. Así lo consigna una nota de prensa donde aparece en una fotografía junto al director del Jardín Botánico de Viña del Mar, encabezando un anuncio dirigido a dirigentes de UNCO. No es solo cercanía, es visibilidad, representación y poder ejercido en la práctica.

A su lado, la figura de María Yolanda Olfos Jarufe, asesora histórica desde 2018 y descrita como su mano derecha, refuerza la idea de un núcleo duro que trasciende cargos formales. Su rol en la gestión interna y su eventual vinculación con los hechos investigados abren otra arista; la de los equipos que no solo ejecutan, sino que sostienen y eventualmente habilitan prácticas que, de comprobarse, no podrían operar sin conocimiento interno.

En paralelo, la presión política ya escaló y la senadora no ha dado un paso al costado. Se mantiene activa en su cargo, integrando comisiones y ejerciendo plenamente su rol legislativo, lo que tensiona aún más el estándar con que se enfrentan este tipo de investigaciones.

La defensa podrá insistir en la honra. Pero el problema de fondo es otro. Este caso no solo interpela a una figura, sino a un esquema antiguo en el Congreso, donde la opacidad en el uso de asignaciones, la discrecionalidad en la contratación y la débil fiscalización han permitido que durante años ciertas prácticas se muevan en una zona gris peligrosamente cómoda.

Cuando alguien dice “acá no hay delito” mientras se investiga un eventual perjuicio millonario al Estado, no solo se pone en juego su inocencia, también la credibilidad de un sistema completo. Y cuando esa credibilidad se erosiona, la pregunta deja de ser si esta vez hay delito y pasa a ser por qué, una vez más, parece perfectamente posible.

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