
Por Miguel Ángel Yáñez, abogado de DD.HH y cofundador de Contrapoder Chile
Los millones de documentos sobre Jeffrey Epstein que el Departamento de Justicia de Estados Unidos acaba de liberar no son un simple archivo judicial: son una radiografía moral del poder contemporáneo. No revelan solo la biografía criminal de un traficante sexual de niñas, niños y adolescentes, sino el modo en que funciona la élite global -su lenguaje, sus complicidades, sus silencios y sus zonas de sombra- allí donde el dinero convierte la brutalidad en privilegio y el abuso en “asunto privado”.
A primera vista, podríamos creer que estamos ante un ejercicio de transparencia estatal. Tres millones de páginas, cientos de miles de imágenes, miles de videos. Pero basta rascar un poco para advertir que esta transparencia es selectiva, administrada y profundamente política. La enorme cantidad de censuras, los nombres parcialmente visibles de víctimas y la narrativa oficial que acompaña la publicación muestran que el Estado no está realmente interesado en la verdad, sino en controlar el relato.
El propio Departamento de Justicia se apresuró a señalar que muchas acusaciones contra Donald Trump serían “infundadas”. Esa defensa preventiva no es un detalle: es una operación de blindaje. Antes de que la ciudadanía pudiera siquiera leer los documentos, ya había un marco interpretativo destinado a proteger al presidente. Esto dice más del poder que de los archivos.
En ese paisaje documental, Trump aparece una y otra vez. No como un invitado ocasional, sino como parte del mismo ecosistema social que permitió a Epstein operar durante décadas. Mar-a-Lago, Palm Beach, los círculos de magnates de los noventa, las fiestas donde la riqueza se mezclaba con la impunidad y donde el cuerpo de mujeres -y de niñas vulnerables- circulaba como moneda de intercambio simbólico y material.
Trump insiste en que “rompió relaciones con Epstein hace muchos años”. Sin embargo, los archivos muestran cercanías persistentes, coincidencias reiteradas y una familiaridad social que contradice la narrativa del distanciamiento moral. No se trata solo de probar un delito puntual, sino de comprender qué tipo de cultura política encarna Trump: una cultura que naturaliza la desigualdad extrema, trivializa la violencia sexual y considera que el poder está por encima de cualquier límite ético.
Epstein no fue una anomalía. Fue un nodo dentro de una red que conectaba realeza, finanzas, tecnología y política. En los correos aparecen nombres como el príncipe Andrés, Richard Branson, Bill Gates, Elon Musk y Steve Bannon. No todos cometieron delitos, pero todos compartieron espacios con un hombre que explotaba sistemáticamente a niñas, niños y adolescentes. Esa cercanía revela una élite que miró hacia otro lado mientras le resultó conveniente.
Especialmente inquietante es la relación entre Epstein y Steve Bannon, ex estratega de Trump. Los mensajes muestran conversaciones sobre un documental destinado a “rehabilitar” la imagen del pedófilo. Es decir, incluso después de sus condenas, sectores del poder estaban dispuestos a colaborar en su blanqueamiento público. Eso habla de un sistema que no busca justicia, sino gestión reputacional.
Mientras tanto, las verdaderas afectadas vuelven a ser las víctimas. La abogada Gloria Allred ha denunciado que la publicación mal hecha de estos archivos expuso innecesariamente a sobrevivientes, dejando nombres y rostros parcialmente visibles. La transparencia que debía proteger terminó revictimizando. No es un error técnico: es el reflejo de un Estado que prioriza la política sobre el cuidado de quienes sufrieron el crimen.
En el fondo, el caso Epstein es una metáfora del capitalismo contemporáneo: un orden donde el dinero compra acceso, el acceso compra impunidad y la impunidad habilita el abuso. La isla de Epstein no fue solo un lugar de violencia sexual; fue un laboratorio de relaciones de poder donde se tejían alianzas entre magnates, políticos y operadores ideológicos.
Trump no es ajeno a ese mundo. Lo representa. Su proyecto político no se entiende sin esa lógica de arrogancia del capital, desprecio por los vulnerables y culto al poder personal. Por eso la pregunta central no es solo qué hizo o dejó de hacer, sino qué revela su cercanía con Epstein sobre el tipo de sociedad que defiende.
Hoy, el Departamento de Justicia declara cerrada su revisión documental. Pero la historia no está cerrada. Al contrario: estos archivos reabren el debate sobre quién gobierna realmente y a quién protege el Estado. No hay justicia posible si no se cuestionan las estructuras que permitieron que un criminal como Epstein actuara con tanta libertad.
Epstein murió en prisión, en circunstancias aún rodeadas de dudas. Pero su mundo sigue intacto: bancos que financiaron su red, empresas que lo recibieron, políticos que lo toleraron, medios que minimizaron su impacto y una cultura de élite que sigue tratando el abuso como un problema de imagen.
Los archivos no son el final de nada. Son un recordatorio incómodo de que la impunidad no se archiva: se reproduce mientras no se transforme el sistema que la sostiene.
La cuestión que nos interpela es simple y brutal: ¿aceptaremos una verdad a medias o lucharemos por una verdad completa? ¿Nos conformaremos con documentos censurados o exigiremos responsabilidades políticas reales?
Epstein no fue un monstruo aislado. Fue un síntoma. Trump no es un espectador accidental. Es parte del mismo universo que produjo a Epstein.
Y mientras ese universo siga gobernando, seguirán apareciendo nuevas islas, nuevos depredadores y nuevas víctimas.
La lucha, entonces, no es solo por memoria. Es por transformación radical del poder.