
Por Miguel Yáñez Lagos
Abogado DDHH– Analista político
La irrupción de Jeannette Jara como figura presidencial marca un punto de inflexión en la política chilena contemporánea. Exministra del Trabajo, militante comunista y arquitecta de la histórica reducción de la jornada laboral a 40 horas, Jara no solo representa un liderazgo técnico y popular, sino que también ha despertado una reacción feroz de los sectores más conservadores del país. Desde que ganó con claridad las primarias de su sector, la ultraderecha ha activado una de sus armas favoritas: la campaña del terror.
No se trata de un fenómeno nuevo. En 1970, Salvador Allende enfrentó una maquinaria similar: se difundían panfletos que anunciaban el fin de la propiedad privada, se atemorizaba a las capas medias con imágenes de hambre y miseria, y se prometía el “Chile soviético” como si fuera inminente. En 1988, cuando se acercaba el plebiscito, se volvieron a agitar los mismos fantasmas: si ganaba el No, Chile se hundiría en el caos. Hoy, en pleno 2025, esos mismos discursos resurgen reciclados, adaptados al algoritmo, pero con el mismo corazón reaccionario.
La candidatura de Jara toca una fibra que incomoda a la élite empresarial y a sus representantes políticos: una mujer, trabajadora, dirigente sindical, comunista y popular. Su propuesta no busca conciliar con los poderes de siempre, sino redistribuir poder y riqueza. Eso, en un país donde el clasismo es estructural y donde la elite no tolera perder privilegios, es una amenaza.
La ultraderecha lo sabe, y por eso ha comenzado a operar. Desde los medios tradicionales hasta las redes sociales, proliferan ya mensajes que intentan reducir a Jara a una caricatura ideológica: “la candidata del PC”, “la copia de Maduro”, “la amenaza roja”. Lo que no dicen es que Jara ha mostrado más pragmatismo y realismo en sus propuestas que muchos de sus adversarios. Su programa es claro: mejorar el salario mínimo, avanzar en una reforma previsional justa, y fortalecer derechos sociales. Nada de eso implica dictadura alguna. Pero la derecha necesita que el miedo impida que el debate gire en torno a las ideas.
Hay un patrón claro en el accionar de estos sectores: cuando no tienen argumentos, apelan al miedo. Y cuando se sienten amenazados, recurren a la desinformación. Lo hicieron con Allende, con Bachelet y con Boric. Lo hacen ahora con Jara. La estrategia es siempre la misma: evitar que las mayorías populares se reconozcan como tales y voten en función de sus intereses. Por eso atacan con tanta virulencia a quienes representan una alternativa real al orden establecido.
Pero la historia también nos enseña algo más: el miedo no siempre gana. Allende llegó a La Moneda a pesar de la campaña del terror. El pueblo dijo No a Pinochet, a pesar de las amenazas. Y Gabriel Boric fue electo presidente en segunda vuelta enfrentando una ofensiva similar de fake news y caricaturas apocalípticas. Hoy, Jeannette Jara puede inscribirse en esa misma tradición de esperanza.
Eso sí, su desafío no es menor. No basta con denunciar el miedo: hay que enfrentarlo con claridad política, discurso firme y sentido común popular. La izquierda no puede caer en el juego de la moderación timorata ni en el del sectarismo ideológico. Debe salir a disputar el centro no con ambigüedad, sino con convicción. Mostrar que hay otra forma de hacer política: desde el compromiso, la transparencia y la dignidad.
Porque lo que está en juego no es solo una candidatura, es el rumbo del país. Chile no puede seguir gobernado por quienes lucran con el miedo. Es momento de que la esperanza recupere su lugar. Es momento de que el pueblo vuelva a gobernar.