
Esta semana iniciare como lo haría Lady Whistledown’s Society Papers, en la famosa serie Bridgerton. “Querido y amable lector”, porque este tema sí amerita relatarlo desde ahí, desde lo que algunos califican como “menudencias” o incluso “picanterías”, porque las columnas no son solo un compendio de rumores, son también una herramienta de poder y rendición de cuentas en sociedades obsesionadas con las apariencias, y esta historia tiene mucho de todo esto.
En política abundan las figuras que no solo ocupan cargos, sino que construyen verdaderos relatos. La senadora Camila Flores ha sido, por años, una de esas protagonistas que en su discurso, no transa en la defensa de la familia, los valores tradicionales y una rectitud moral proclamada con firmeza y claridad, hasta que la realidad se hace presente.
Su personaje público se ha erigido como la guardiana de principios lo que cautivó a la llamada “derecha valiente” y encontró en ella una voz que no duda, que acusa, que delimita lo correcto de lo reprochable, pero hay algo que la política nunca logra domesticar del todo y es la inevitable colisión entre lo que se predica y no se practica.
Este fin de semana en el espacio “Quedé Negra” del medio TusNoticias.cl, se dio a conocer la situación legal que estaría afectando a Flores con su ya exmarido. El quiebre de su matrimonio de 15 años con Percy Marín no es solo una historia privada. La demanda de divorcio culposo presentada el miércoles 22 de abril introduce acusaciones de peso, que hablan de un presunto incumplimiento del deber de fidelidad, algo que sería un exclusivo problema de la pareja, hasta conocer los detalles del escrito, que convierte lo íntimo en un asunto de interés público.
Los antecedentes ingresados ante el Juzgado de Familia de Viña del Mar añaden un matiz incómodo. No solo se habla de una eventual relación extramarital durante la convivencia, sino también de registros audiovisuales que, según relatan, evidenciarían interacciones íntimas en el hogar conyugal, en un contexto que inevitablemente tensiona los límites entre lo personal y lo ético, porque según detallaría la demanda, los registros se habrían captado a sólo metros del dormitorio de la hija en común.
A esto se suma un elemento que agudiza aún más el tono del relato. En el líbelo se menciona a Mauricio González, actual jefe de gabinete de la senadora, quien habría sido incorporado al equipo apenas dos días después de la salida de Marín del hogar. Si aquello se confirma, la historia abandona el terreno del conflicto sentimental y entra de lleno en la discusión sobre poder e influencia.
Desde el entorno de la senadora de Renovacion Nacional la respuesta es tajante. Niegan las acusaciones y la presentan como una víctima de Marín, pero la política no se sostiene únicamente en versiones, sino en consistencia, una que comienza a resquebrajarse frente a una narrativa que antes parecía sólida y hoy empieza a tambalear.
Percy Marín, por su parte, ha optado por el silencio. Cercanos lo describen profundamente afectado, marcado por el distanciamiento de su hija de tres años y por una sensación de vulneración que añade una capa aún más delicada a esta historia. Su silencio, lejos de disipar el conflicto, lo vuelve más elocuente.
Y volviendo a la lógica de la serie Bridgerton y como diría cierta cronista de sociedad, en los salones donde más se habla de virtud, es donde más escasea y cuando esa voz pertenece a una senadora que ha hecho de la moral conservadora su bandera, la duda deja de ser un murmullo y se vuelve imposible de ignorar, mi querido y amable lector.