
Por Miguel Ángel Yáñez, abogado y cofundador de Contrapoder Chile
En pleno siglo XXI, mientras la humanidad presume de avances tecnológicos, derechos humanos y cooperación internacional, somos testigos de un genocidio a plena luz del día. En Gaza, el pueblo palestino es sometido a un exterminio sistemático por parte del Estado de Israel, encabezado por el gobierno criminal de Benjamín Netanyahu y ejecutado por un ejército de ocupación que ha convertido el territorio en una prisión a cielo abierto.
Las cifras son obscenas: miles de muertos, la mayoría mujeres y niños; hospitales bombardeados; barrios reducidos a polvo; y una hambruna provocada como arma de guerra. El asedio no solo bloquea alimentos y medicinas: corta el agua, la electricidad y el oxígeno de toda una población. La “guerra contra el terrorismo” que pregonan es, en realidad, una guerra contra la vida misma.
Pero lo más insoportable no es solo la magnitud de la barbarie, sino el silencio cómplice de gran parte de la comunidad internacional. Naciones Unidas emite resoluciones que Israel ignora sin consecuencias. Las potencias occidentales, encabezadas por Estados Unidos y la Unión Europea, se limitan a discursos tibios mientras siguen enviando armas y financiamiento. Y muchos gobiernos que se dicen democráticos, incluyendo varios de nuestra región, prefieren mirar hacia otro lado para no incomodar al poder económico y geopolítico del lobby sionista.
Ese lobby, con redes bien engrasadas en los medios de comunicación, en la cultura y en la política global, se ha dedicado a lavar la imagen de Netanyahu y del ejército invasor. En las cadenas internacionales, la palabra “genocidio” se evita como si fuera una blasfemia, sustituyéndola por “conflicto” o “guerra”, como si existiera simetría alguna entre el ocupante y el ocupado, entre el colonizador y el colonizado. Se criminaliza la resistencia palestina mientras se normaliza la violencia del ocupante, como si los tanques y los misiles fueran un lenguaje legítimo y las piedras y cohetes caseros, un acto de barbarie.
El guion es claro: reducir a Palestina a una cuestión de “seguridad israelí”, ocultar la ocupación que dura más de 75 años, y presentar cada masacre como un “daño colateral”. Pero el objetivo es mucho más siniestro: borrar la identidad palestina, desplazar a su población, destruir sus bases materiales de existencia y, finalmente, escribir la historia como si Palestina nunca hubiera existido.
En este genocidio, la hambruna es tan calculada como las bombas. Se priva de alimentos a una población entera para forzar su rendición, quebrar su moral y exterminar lentamente a quienes sobreviven a los ataques militares. Es una política de tierra arrasada disfrazada de estrategia militar.
El mundo calla porque el poder que respalda a Israel no es solo militar, sino económico, mediático y cultural. Callan los gobiernos que dependen de sus préstamos, callan los medios que reciben su publicidad, callan los organismos que temen ser tachados de “antisemitas” por señalar lo evidente. Pero cada silencio es un aval al verdugo.
La historia no será indulgente con quienes hoy callan. El pueblo palestino resistirá, como lo ha hecho durante décadas, porque su causa es la de todos los pueblos que han sufrido el colonialismo, el racismo y la opresión. Y nosotros, como humanidad, tendremos que responder alguna vez por esta vergüenza: por haber sido testigos del genocidio y haberlo permitido.
En Gaza no hay guerra: hay un exterminio planificado. Y cada día que pasa sin que el mundo actúe, la complicidad crece.