
Por Miguel Ángel Yáñez Lagos, abogado y co-fundador de Contrapoder Chile
“Jeannette Jara es como Bachelet con esteroides”, dijo Johannes Kaiser este fin de semana, al proclamarse como candidato presidencial por el llamado Partido Nacional Libertario. Esa frase, cargada de desprecio, clasismo y misoginia, no fue un desliz. Fue una declaración programática.
En su primer discurso como aspirante a La Moneda, Kaiser no presentó un plan de gobierno, sino un manifiesto ideológico donde el enemigo no es la pobreza, la desigualdad ni la corrupción, sino los comunistas, las mujeres poderosas, los migrantes y las ideas modernas.
Desde un escenario envuelto en banderas chilenas, y con una puesta en escena casi religiosa, Kaiser se autoproclamó como “el Salvador de Chile”, afirmando que el país está “al borde del abismo”. Su relato es claro: vivimos un supuesto colapso social -fabricado discursivamente por él mismo- y la única salida es la que él representa. La historia ya la conocemos: cuando alguien se presenta como el único que puede salvar a la patria, lo que viene no es democracia, es fascismo.
Este tipo de narrativa no es nueva. Umberto Eco la describió con precisión en su ensayo “Ur-Fascismo”, donde enumeró las señales del fascismo eterno: la exaltación de la tradición, el rechazo a la crítica, el culto a la unidad nacional frente a un enemigo interno, la represión de la diferencia y el lenguaje populista, repetitivo y vacío. Kaiser cumple cada una de ellas.
Pero más allá de las ideas, está el tono: Kaiser no hace política, hace guerra cultural. No propone, sino que ataca. No debate, sino que denigra. No respeta al adversario, sino que lo deshumaniza. Su discurso no busca diálogo ni acuerdos, busca enemigos: comunistas, feministas, migrantes, mapuche, trabajadores organizados. Todos ellos caben en su saco de odio.
Y eso quedó brutalmente claro con el ataque personal a la candidata Jeannette Jara. En lugar de contradecir sus ideas, la redujo a una caricatura ofensiva, con un lenguaje típicamente machista, que intenta minar su autoridad política desde su condición de mujer. No se trata solo de una falta de respeto. Se trata de violencia simbólica, de misoginia disfrazada de ironía. Y eso no es libertad de expresión. Eso es discurso de odio.
Nadie puede usar la libertad de expresión como excusa para fomentar el odio, la violencia o el desprecio a la dignidad humana. No es aceptable normalizar ataques personales, ni que se degrade a mujeres o minorías bajo el disfraz del debate político. La democracia se sostiene sobre el disenso, pero también sobre el respeto. Y Kaiser está construyendo lo contrario: una comunidad política basada en la exclusión.
Así como Hitler identificó a los judíos y a la izquierda como enemigos de Alemania, Kaiser está buscando construir un nuevo “enemigo interno” en Chile, usando el miedo como herramienta electoral. El lenguaje bélico, el populismo mesiánico, la exaltación de un pueblo homogéneo y moralmente puro, son señales inequívocas de un proyecto autoritario.
Esta candidatura debe ser tomada en serio no por sus méritos, sino por sus peligros. Detrás de sus frases fáciles y provocaciones mediáticas, se esconde una estrategia política clara: dividir al país, sembrar odio, degradar al adversario y construir poder desde el miedo.
Chile no está al borde del abismo. Chile está al borde de permitir que un discurso fascista avance sin freno. Y si no lo enfrentamos ahora, con más democracia, con más justicia, con más memoria, mañana será tarde.