
Por Miguel Yáñez Lagos Abogado DDHH y analista político
La portada del diario Las Últimas Noticias del 23 de julio de 2025 no es solo una imagen o una cita destacada. Es un manifiesto. Es una toma de posición política y cultural que debería escandalizar a cualquier persona comprometida con la democracia, el periodismo responsable y la igualdad de género. En ella, se retrata al candidato de ultraderecha José Antonio Kast sentado al centro de un escenario, flanqueado por sus dos contendoras —las exministras Evelyn Matthei y Jeannette Jara— mientras lanza una frase categórica: “(Matthei) aumentó el empleo; y acá (Jara) aumentó el desempleo”.
La frase, por sí sola, es arrogante y falaz. Pero el verdadero problema está en la decisión editorial: hacer de esa sentencia el titular principal, sin ningún contexto, sin una pizca de contraste o análisis. El diario no informa: decreta. Le entrega el poder de narrar la realidad —y de moldearla— al candidato más reaccionario del panorama político chileno. Y al hacerlo, reproduce exactamente el libreto que los medios hegemónicos de derecha han ejecutado durante décadas: disfrazar de objetividad lo que es propaganda, y de opinión lo que es desinformación.
No es casualidad. El ecosistema mediático tradicional en Chile —con honrosas excepciones— ha sido históricamente funcional al poder económico, al conservadurismo moral y, en momentos clave, al autoritarismo. Hoy, bajo la apariencia de “cobertura electoral”, vuelve a cumplir su rol estructural: instalar una falsa polaridad entre eficiencia y desastre, entre mérito y fracaso, adjudicada según el sesgo ideológico del medio y no según los hechos. En esa lógica, Matthei aparece como la ministra competente, Jara como el rostro del retroceso.
¿Dónde están los datos? ¿Dónde está el contexto económico global, las cifras del mercado laboral, el impacto de la automatización, la informalidad o la recuperación post-pandemia? No están. No interesan. Porque el objetivo no es informar: es influenciar.
Más preocupante aún es la puesta en escena. Kast, el hombre, el “evaluador”, en el centro. Las mujeres, sentadas, escuchando el juicio. La imagen tiene una fuerza simbólica brutal. No hay intercambio, no hay confrontación de ideas: hay un monólogo, y el medio lo enmarca como verdad. Se refuerza así un arquetipo masculino autoritario que no debate, sentencia. Y se refuerza también la lógica misógina que relega a las mujeres al rol de objeto evaluado. No se trata solo de Kast, sino de lo que la prensa decide amplificar.
Esta portada no es inocente. Es un acto de manipulación política. Es una operación mediática para validar a un candidato cuya campaña se apoya abiertamente en el miedo, el control social, la negación de derechos y la nostalgia de un país autoritario. Pero lo más grave es que este tipo de coberturas moldea el sentido común. Naturaliza el desequilibrio, valida el abuso de poder, desacredita la pluralidad. ¿Cuántos lectores verán esa portada y asumirán que es información fidedigna? ¿Cuántos repetirán ese titular como un hecho sin cuestionarlo?
El periodismo tiene una responsabilidad ética que va mucho más allá de la venta de ejemplares o clics. Debe ser un contrapeso al poder, no su vocero. Debe servir a la ciudadanía, no a los intereses de un sector político o económico. Cuando los medios se convierten en actores políticos encubiertos, dejan de ser prensa y se convierten en operadores. Y cuando lo hacen en favor de discursos autoritarios y misóginos, se transforman en una amenaza directa para la democracia.