
Por Julián Castillo González, licenciado en Trabajo Social de la Universidad de Tarapacá y presidente del Centro de Estudios Conciencia y Síntesis
La llegada de Ximena Rincón al gabinete encabezado por José Antonio Kast no es solo un gesto político más: constituye uno de los episodios más decadentes de la política nacional reciente. No por lo excepcional, sino precisamente, por lo contrario. Es la personificación de un fenómeno que explica el rechazo profundo que una parte mayoritaria de la sociedad chilena siente hacia su clase política.
Para ello, hagamos un recorrido en su trayecto. Rincón comenzó su militancia en 1984, en las Juventudes de la Democracia Cristiana, participando en actividades de oposición a la dictadura. En 1988 fue parte de la llamada “Cruzada por la Participación Ciudadana”, una iniciativa que buscaba fomentar la participación democrática en el plebiscito. Regresando la democracia vinieron los cargos: Fundación Prodemu, la Superintendencia de Seguridad Social, la Intendencia Metropolitana. Luego, integrante del gobierno corporativo de AFP Provida, la vicepresidencia del PDC, el Senado por el Maule, dos ministerios. Todo eso durante tres décadas.
No se trata de negar esa trayectoria ni de borrar su historia. El problema es otro. Cada vez que Rincón tuvo que disputar liderazgo político real -no un cargo, sino un proyecto-, el respaldo no apareció. Su capital siempre estuvo ligado más a la administración que en la convicción, en ese sentido, más en el puesto que en la idea para hacer conducir ese puesto.
Entre 2019 y 2020, su discurso se alineó con la coyuntura: hablaba de refundar Carabineros, denunciaba las injusticias del modelo y acusaba a la derecha de indolencia, llegando incluso a enfrentar a Kast en redes sociales, tildándolo de ultraderecha. Nada de eso logró convencer ni a su partido, ni a su coalición. Incapaz de mover la aguja con un reformismo estructural de ocasión, optó por refugiarse en el relato del centro, en la comodidad de la neutralidad.
El punto de inflexión llega en 2021, cuando la DC da un revés y opta por proclamar a Yasna Provoste como precandidata presidencial, pese a que la Junta Nacional de la DC en primera instancia había designado a Rincón, pero el clima político y sus guiños a la derecha no la estaba acompañando, lo cual quedó políticamente aislada. Desde entonces, su viraje fue evidente. En 2022 profundiza la crisis interna del PDC, asumiendo una posición confrontacional con su propio sector y consolidándose como un cuadro díscolo. En 2023 renuncia al partido tras más de treinta años de militancia, iniciando una seguidilla de gestos explícitos hacia la derecha de Chile Vamos y, posteriormente, hacia Republicanos
Ya lo advertía Maquiavelo en El Príncipe: “Un príncipe es estimado cuando es un verdadero amigo y un verdadero enemigo, cuando sin miramientos se declara a favor de uno o en contra de otro”. Permanecer neutral -añadía- suele ser lo más inútil, además de renunciar a tu dignidad. Rosa Luxemburgo fue aún más dura al describir esa neutralidad como una renuncia práctica a cualquier profundidad ideológica.
Hoy, esa neutralidad vacía ha mutado en un entusiasmo abierto por el presidente electo José Antonio Kast, a quien Rincón presenta casi como una figura mesiánica del orden y la esperanza, bajo su propia declaración: “Esto no se trata de izquierdas ni de derechas, se trata de Chile”. Frase eficaz para el aplauso televisivo, pero reveladora de una política dispuesta a traicionar sin pudor a quienes aún creyeron compartir un proyecto común.
Quienes se autodefinen como “centro” suelen terminar demostrando que el centro no es una posición, sino una coartada. Una forma elegante de justificar la claudicación a cambio de seguir habitando un lugar, aunque sea secundario, en la , de manera ilusoria, la jerarquía del poder estatal.
Como decía Emiliano Zapata: “El que quiera ser águila que vuele; el que quiera ser gusano que se arrastre, pero que no grite cuando lo pisen”. Rincón, junto a Alemparte, Maldonado, Tarud y compañía, ha optado por lo segundo. Son la degradación hecha carne de una política sin convicción, que se mueve al ritmo de quien pone la música y que, por lo mismo, son el ejemplo y cómplices del por qué la ciudadanía rechaza y desconfía de la institucionalidad y quienes la representan.