
Por Juan Pablo Arriaza Zalá, analista político
Llegó el día. El presidente electo José Antonio Kast Rist presentó su gabinete este 21 de enero. Mostró – en cadena nacional- a su equipo de futuros colaboradores conformado por 23 ministros y 1 biministro que asumirán el 11 de marzo. La expectación por el anuncio del gabinete está vinculado a contextos factuales. Desde 1990, en que Chile retornó a la democracia será el tercer Gobierno de derecha, el primero gremialista y el primero de ultraderecha. Será el primer Gobierno de un Presidente que ha confirmado que votó abiertamente por el SÍ en el plebiscito de 1988. Será el primer Gobierno de un Presidente que ha manifestado su directa adhesión y seguidor de las ideas del dictador Augusto Pinochet.
Algunas declaraciones del Presidente electo muestran este vínculo: “Si Pinochet estuviera vivo, él votaría por mí. Si nos hubiéramos conocido, habríamos tomado un té juntos en La Moneda”. Durante la campaña presidencial en 2025 Kast visitó en prisión a Miguel Krassnoff ex agente de la DINA, la policía secreta de la dictadura cívico militar, condenado por múltiples casos de tortura y desaparición forzada sumando 1.047 años de condena. El Presidente electo Kast dijo en esa oportunidad sobre Krasnoff: “Yo conozco a Miguel Krassnoff y, viéndolo, no me imagino todas las cosas que dicen de él”.
En su anuncio el Presidente electo ya tomó una decisión. Reveló una visión de poder que no solo aspira a gobernar, sino a reconfigurar el rumbo político e institucional de Chile. Desde su estructura, el gabinete intenta disfrazarse de tecnocrático: 16 ministros no militan en partidos políticos y varios provienen del mundo empresarial y/o de la consultoría económica. Esta particular composición remeda un sesgo meritocrático, pero en realidad encubre una alianza entre sectores conservadores tradicionales, tecnócratas neoliberales y algunos nombres con pasado político. La alta presencia de independientes, lejos de ser signo de apertura, parece ser más bien una estrategia para deslindar responsabilidades políticas ante la opinión pública.
En sistemas políticos presidencialistas como el caso de Chile es el Presidente de la República quien tiene la potestad para nombrar a sus ministros. El Mandatario tiene la atribución para elegir y designar. De hecho, eso hacen los Presidentes. Pero esto no es un asunto unilateral. Es más bien similar a una orquesta. Para lograr dar con el tono, armonía y melodía se logra mediante un trabajo en conjunto. Pueden ocurrir afinaciones y desafinaciones, producirse altos y bajos. Cada quien tiene un rol. Cada quien asume responsabilidades. Cada quien cumple un papel. Una vez que empieza la función los primeros acordes entregan las primeras señales.
En el caso del Gabinete anunciado una de estas señales claves está en la mezcla entre nombres asociados a la derecha tradicional -como Claudio Alvarado (UDI) en Interior- y ministros independientes con perfiles claramente empresariales, como Jorge Quiroz (Hacienda), quien defendió públicamente posturas sobre colusión y favorecido por elites económicas. Algunos le llaman pragmatismo utilizado como sinónimo de despolitizar. La trampa de la despolitización ha sido el leit motiv de José Antonio Kast en todas sus candidaturas por el sillón presidencial en 2017, 2021 y 2025.
Kast es un político. Renunció a la UDI pero no al gremialismo para conformar y fundar un partido a su imagen y semejanza: el Partido Republicano. Kast no es neutral. De hecho, este Gabinete radicaliza un proyecto político que se siente legitimado para implantar una agenda sin contrapesos. Especial atención merece el nombramiento de Fernando Rabat en Justicia y Fernando Barros en Defensa, ambos abogados que defendieron al dictador Augusto Pinochet en casos emblemáticos: Rabat lo hizo en la Operación Colombo y en el caso Riggs mientras que Barros en Londres fue su defensor y vocero de la causa cuando Pinochet fue detenido por orden del juez español Baltazar Garzón. El mensaje político de Kast es claro: existen sectores de poder para quienes la reconciliación democrática con las víctimas del autoritarismo sigue siendo prescindible o peor aún, irrelevante.
Designar en el Estado a personas con vínculos directos con la defensa jurídica de Pinochet no es un simple acto simbólico. Es un giro preocupante que envía la señala: este nuevo Gobierno no tendrá la intención de fortalecer una agenda de memoria, verdad y justicia, sino de relegarla bajo la carpeta de seguridad jurídica y estabilidad institucional. Esta decisión no puede desligarse del impacto que tendrá sobre las políticas de derechos humanos, educación cívica y la propia memoria colectiva de Chile.
El discurso con el que Kast presentó a sus ministros fue bastante explícito en etiquetar a su gabinete como un “gobierno de emergencia” y un “gobierno de unidad nacional”, priorizando la seguridad y la reactivación económica en un Chile que aún lidia con crisis sociales, desigualdad estructural y demandas ciudadanas de mejor democracia y justicia social. Esta idea de emergencia aplica un marco excepcional que históricamente ha servido para justificar recortes de derechos y operar sin contrapesos democráticos. Esto se refleja en la apuesta económica de Kast.
Con Quiroz a la cabeza del Ministerio de Hacienda se anticipa un giro hacia la liberalización, reducciones fiscales y desregulación que, lejos de enfrentar desigualdades, profundizarán los desequilibrios existentes. También se refleja con su apuesta en las relaciones internacionales.
Con Pérez Mackenna en la Cancillería busca perfilar al histórico socio del grupo económico de la familia Luksic como el nexo de Chile para el mundo provocando un giro desde una reconocida diplomacia del país hacia la predilección por los vínculos comerciales y estrategias de negocios con el exterior.
Quizás lo más inquietante del gabinete es la inclusión de figuras políticas provenientes de sectores políticos vinculados históricamente con la Concertación que gobernó Chile entre 1990 y 2010. Los casos de Ximena Rincón en Energía y Jaime Campos en Agricultura más que una apertura estos movimientos parecen responder a estrategias de cooptación para normalizar una nueva administración que, en lo sustantivo, sigue fiel a un programa conservador y marcadamente neoliberal.
Esta táctica de incorporar voces con pasado en la centro izquierda no se debe precisamente a un puente que pretende conectar hacia consensos progresistas, sino como un ardid para legitimar decisiones que terminarán favoreciendo intereses económicos y conservadores. En el caso de la futura ministra Ximena Rincón se agrega un hecho político sintomático. La ex ministra de la Presidenta Bachelet hace apenas un par de meses trató al entonces candidato presidencial José Antonio Kast de ultrón, vendehumo y auspiciador de la tortura”. Esto podría entregar claves que la composición del Gabinete tendrá un primer desafío: encontrar el tono para un Gobierno que deberá combinar expectativas en la ciudadanía y lograr un mínimo acuerdo político para que al director de la orquesta no empiece a sufrir con las desafinaciones.
El gabinete de Kast no es un gabinete de transición sino un diseño para redefinir el rol del Estado, limitar las posibilidades de políticas redistributivas y reconfigurar las reglas de la participación política en Chile. Este Gabinete está levantado desde un culto al empresariado, a la elite de Sanhattan conformado por representantes de los grandes conglomerados que tradicionalmente se las arreglan para torpedear las reglas del juego. Este Gabinete es un culto a la casta, esa misma que el amigo y mandatario referente argentino de Kast ha vociferado en contra de ella. Este Gabinete busca reducir el impacto del Estado en la vida de quienes vivimos en Chile. Este Gobierno en su espíritu primordial cree más en lo individual que en lo colectivo, más en lo privado que en lo público, más en el esfuerzo personal que en la colaboración.
Porque lo que está en juego va más allá de un listado ministerial es la democracia chilena en disputa.