
Por Miguel Ángel Yáñez, abogado de DD.HH y cofundador de Contrapoder Chile
El plazo para inscribir candidaturas ante el Servel venció, y Chile ya tiene definidos los ocho nombres que estarán en la papeleta presidencial del 16 de noviembre. Ocho historias distintas, ocho proyectos políticos que, más allá de sus slogans, reflejan los intereses de clase y los modelos de sociedad que cada cual busca imponer. No se trata solo de nombres, sino de caminos: entre la profundización democrática y social, o el retroceso hacia un populismo vacío que se disfraza de “orden” para mantener privilegios de los mismos de siempre.
La derecha tradicional y su versión más extrema llegan con fuerza. Evelyn Matthei, acompañada por el bloque de los partidos históricos del conservadurismo —UDI, RN, Evópoli, Demócratas y Amarillos— busca instalarse como la carta “responsable” y moderada. Pero detrás de ese maquillaje institucional se esconde lo mismo de siempre: mantener el modelo neoliberal intacto, contener a los movimientos sociales y asegurar que la política no incomode al empresariado. Su relato de “seguridad” es apenas un eslogan, un recurso fácil para esquivar debates más profundos sobre desigualdad, abusos y concentración de la riqueza.
Más descarnado aún es el proyecto de José Antonio Kast y Johannes Kaiser, la dupla que representa sin tapujos la extrema derecha. Sus discursos están cargados de miedo y simplismo, prometiendo acabar con la delincuencia mediante “mano dura” y apelando a un imaginario autoritario que recuerda a los peores pasajes de nuestra historia reciente. Kast, que ya lidera encuestas, se viste de demócrata para promover un gobierno de emergencia que en la práctica significa gobernar por decreto, suprimir el debate y arrasar con las libertades conquistadas. Lo suyo no es seguridad, es populismo de manual, un relato diseñado para conservar privilegios y someter al pueblo al orden de los poderosos.
En el otro extremo del espectro ideológico aparece Eduardo Artés, con su segunda candidatura. Profesor, comunista trotskista, representa a un sector minoritario pero firme, que no negocia principios y busca instalar un debate anticapitalista en medio de un escenario dominado por pactos y calculadoras electorales. Su claridad contrasta con el oportunismo de otros que se autodenominan “independientes”.
Es el caso de Franco Parisi, que nuevamente aparece como candidato desde fuera del país. Con millonarias deudas de pensión de alimentos, sin residencia ni pago de impuestos en Chile, su figura encarna lo peor del populismo digital: campañas que florecen cada cuatro años, recaudan, hacen caja y desaparecen, dejando a su electorado huérfano de trabajo real en los territorios. Marco Enríquez-Ominami, por su parte, insiste en un quinto intento presidencial. Tuvo la oportunidad de consolidar una alternativa entre 2010 y 2014, pero fracasó en construir redes sólidas y quedó atado a los casos de corrupción que golpearon la política. Hoy su nombre genera más desgaste que esperanza.
En el centro de la escena está Jeannette Jara, candidata del Partido Comunista con apoyo de gran parte de la centroizquierda y de los movimientos sociales. Exministra del Trabajo, lleva consigo el peso de representar no solo a su partido, sino a un bloque diverso que apuesta por cambios reales. Su desafío es monumental: debe hablarle al nuevo padrón electoral, a los jóvenes, a los migrantes que ahora podrán votar, a quienes no confían en los partidos, pero sí en la posibilidad de un Chile más justo. Para lograrlo, necesita desplegar un equipo comunicacional capaz de enfrentar la ofensiva de las fake news, esa arma predilecta de la derecha para intoxicar el debate público. Y, sobre todo, debe pisar con fuerza los territorios, escuchar a los barrios populares y responder a las demandas concretas de quienes hoy sienten que la política los abandonó.
Un actor inesperado en esta carrera es Harold Mayne-Nicholls, exdirigente deportivo que decide dar el salto a la política. Su candidatura apela a un discurso de gestión, meritocracia y eficiencia, presentándose como una figura “ciudadana” y alejada de los partidos tradicionales. Sin embargo, su desafío radica en transformar su prestigio en el fútbol en un proyecto político coherente que vaya más allá del marketing personal. Su presencia puede captar un voto desencantado, pero aún debe demostrar que su propuesta es más que una aventura testimonial.
La elección de diciembre no será un simple trámite democrático. Será el momento de decidir si el país sigue avanzando en justicia social, derechos individuales y colectivos, o si retrocede hacia el autoritarismo maquillado de populismo securitario. Ocho candidatos, ocho relatos, pero solo dos caminos: el del pueblo que anhela dignidad y cambio, o el de los mismos de siempre que, disfrazados de demócratas, buscan congelar el futuro en nombre de un “orden” que no es más que privilegio.